LA BATALLA CONTRA LA LUJURIA (Parte 1)
La Historia de Agustín de Hipona y el triunfo de la gracia de Dios sobre su esclavitud al sexo-
En la lista que el Espíritu Santo nos brinda acerca de las obras de la carne en Gálatas 5.19-21 en primera fila aparecen cuatro pecados que tienen que ver con el área sexual: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia; todas ellas se podrían encerrar dentro de la categoría de la lujuria. Desde relaciones explícitas hasta aberraciones, desde fantasías pecaminosas hasta pornografía, desde lo más inconcebible (bestialismo, pedofilia, etc.) hasta aquello que es contra naturaleza (homosexualismo y prácticas similares). La inmoralidad es el estandarte más grande del mundo y aquel en el cual tiene enredado a miles de millones de personas que dan rienda suelta a lo peor de ellos con tal de conseguir placer inmediato. La gente ya no teme a las consecuencias y cada vez quita las pocas restricciones que aún quedan. Aunque no todos los cristianos venimos de un pasado oscuro en ese sentido, si hemos de admitir que dentro de la iglesia del Señor "esto erais algunos de vosotros; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" (1ra Corintios 6.11)…
Sin embargo, alguien que ha tenido un pasado de mal carácter habrá de luchar contra él el resto de su vida; sí, generalmente será apacible pues es nueva criatura en Cristo pero ocasionalmente su viejo yo intentará tomar el control y el creyente tiene al Espíritu Santo dentro suyo para vencer dicha batalla, pero no siempre acudirá a él y caerá en batalla. ¿Ocurrirá algo distinto con la lujuria? Similar al orgullo, sus rastros diminutos pueden rápidamente convertirse en monstruos inimaginables en segundos. No hay día en que el cristiano que batalla contra los deseos impuros se dé un pequeño receso, la carne libra una guerra sin descanso, el mundo incita y el diablo prepara las más exóticas tentaciones. Un descuido y cuando parpadees estarás en el suelo, derrotado una vez más. Así pues, aunque el cristiano que lucha con esto generalmente vive una vida de pureza y pensamientos centrados en la Palabra de Dios, repentina e imprevisiblemente tendrá que pelear batallas en su mente, dominar sus ojos, huir a tiempo y cortar relaciones tóxicas… Pero (con el enojo nadie tiene problemas con admitirlo), no siempre acudirá a Dios en búsqueda de ayuda y terminará en el suelo, una vez más.
Estos temas no se tocan. De estos temas no se habla. Estos temas son más comúnes que otros en los que la gente libra batallas a muerte y que son asuntos menores.
Para nuestra bendición, podemos encontrar que tanto los personajes de la Biblia como aquellos cristianos a los que hemos agregado el calificativo de “grandes” (en realidad grande solo Dios) a lo largo de la historia han batallado con los mismos problemas que usted y yo; desde asuntos cotidianos, pasados difíciles, manías raras, problemas de estima, soledad, temperamentos volátiles o demasiado pasivos hasta verdaderas luchas agonizantes contra sus respectivos pasados y sus deseos carnales. En cada uno de ellos la gracia de Dios brilló y triunfó como testimonio de la efectividad del mensaje del Evangelio en el corazón de seres humanos como usted y yo y, segundo, más que buscar protagonismo, en todos ellos encontrará usted tanto humildad como gratitud. Humildad, porque sabían quién los liberó y gratitud, porque no hay mayor felicidad que estar al fin emancipado de aquello que nos frena para disfrutar de nuestro Dios. Sus luchas no fueron fáciles, las nuestras tampoco lo serán. La gracia les arropó, y como Dios no cambia, sin duda lo hará con nosotros también.
Agustín de Hipona (San Agustín para los amigos católicos romanos) es un ejemplo maravilloso del triunfo de la gracia soberana sobre la esclavitud de la lujuria. Por más de treinta y un años Agustín vivió en la angustia de saber que Dios existía pero ser consciente de su propia imposibilidad para acercarse a él. Aunque Dios era el gozo máximo, no obstante él seguía conformándose con las algarrobas efímeras del mundo; y si deseaba volverse a Dios, su deseo era pasajero y tarde o temprano volvía a sus viejos instintos pecadores. John Piper, en su fabuloso libro El legado del gozo soberano escribe: "Agustín se sentía hostigado por su propia esclavitud bestial a la lujuria, mientras otros eran libres y santos en Cristo."
De hecho, el mismo Agustín lo describe de esta manera en su obra magna, Confesiones:
"Estaba atónito porque, aunque ahora te amaba... no persistía en el disfrute de mi Dios. Tu belleza me atraía hacia ti, pero muy pronto era arrastrado lejos de ti por mi propio peso, y en mi desaliento, me hundía de nuevo en las cosas de este mundo... como si hubiera sentido el aroma de los alimentos, pero aún no pudiera comer de ellos."
Agustín fue el más brillante teólogo del primer milenio de la iglesia. Y sin embargo ahí estaba, como un cristiano más, peleando su propia batalla secreta. La lujuria es un enemigo silencioso que sabe camuflarse bien: parece que no está pero si está. Va mucho más allá de lo estricto que sea usted al vestirse o no, lo mucho que le importe la opinión pública o la función que desempeñe en la iglesia. Todo lo otro son soluciones externas a un problema interno. Los pensamientos nadie los mira, solo usted los suyos y yo los míos; Dios también los ve, y cuando la mente no está saturada de un sentido de la pureza, majestad y delicia de Dios (lo cual es consecuencia, sí o sí, de pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y oración) estos carcomerán nuestro temor a Dios, se traducirán en pequeñas acciones que poco a poco evolucionarán a otras más deliberadas, desde vocabulario hasta amistades prohibidas, más y más concesiones, acabarás viendo lo que no debes, hablando con quien no debes, dejarás que tu ego te engañe con el famoso yo puedo manejar esto y si no pones un freno, acabarás como Sansón; confiado en que una vez más te librarás cuando en realidad ya has perdido la fuente de tu fuerza. Y como Sansón, serás el hazmerreír del enemigo…
Una bandera más de las que suelen colgar los enemigos de la iglesia jactándose al decir: ahí está otro que dice ser evangélico… Y todo por no frenarlo a tiempo… Quizá no lees esto por casualidad. Quizá este sea el último llamado de Dios a que te vuelvas a él, dependas de él y tomes en serio lo que él toma en serio. Deja de deleitarte en aquello por lo que Cristo murió en la cruz. Deja de justificarte. Tómalo en serio…
Enmanuel Rodríguez
Pecador Perdonado

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